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El
asesinato de un conservador en el Louvre revela un
complot siniestro que podría destapar un secreto que ha
sido protegido desde los días de Cristo. Sólo la nieta
de la víctima y Robert Langdon, un célebre historiador,
pueden desenredar las pistas. Los dos se hacen tanto
sospechosos como detectives que buscan no sólo el
asesino, sino también el descubrimiento del secreto.
Confieso
que mi acercamiento a la obra de Dan Brown se reduce a
las 20 primeras páginas de su novela y unos cuantos
minutos de decepción y completa apatía por lo leído,
pero me acerco al cine con multitud de reseñas y debates
sobre el tema a mis espaldas, medianamente convencido de
que lo que voy a ver va a ser una mierda. Pues bien, así
ha sido en parte. Sí, es verdad que la película tiene
una factura audiovisual impecable, con algunas escenas
impactantes, pero para disfrutarla de este modo hay que
olvidar la parte narrativa, y entonces no sería una película,
sería otra cosa. La suma total de estos factores es un
producto de marketing impecable, pero la mierda, aunque
nos la sirvan en cristal de Bohemia, sigue siendo mierda.
Y de estas cosas tenemos la culpa todos.
Occidente ha alcanzado unas cotas de bienestar,
desarrollo y calidad de vida sólo comparables al grado
de estupidez y alienamiento de parte de su población. En
la era de la información, cada vez son más lo que
abandonan las anticuadas puntas de lanza de toda buena
sociedad, saber y verdad, para dedicarse a reinventar la
historia con chicles y pipas, y descubrir detrás de cada
documento escrito con papel del culo un resquicio que
derrumbe el legado de la Iglesia Cristiana, las naciones
más antiguas del mundo, la Grecia clásica o la Roma
Imperial. Cuanto más a nuestro alcance está la verdad,
más la damos de lado, y hay que aseverar con rotundidad
que hoy en día el que es ignorante es porque quiere
serlo.
Escrita con un ritmo claramente cinematográfico, la
novela es un producto diseñado por un grupo de
guionistas que picotean con afán y desprecio de las
fuentes más diversas, jugando con la ignorancia del
lector y su apatía a la hora de corroborar la información
que le ofrecen. Esa lectura fácil y digerida supone un
ejercicio descansado que se convierte en adictivo, de ahí
su enorme éxito comercial.
La película es exactamente eso, un producto fácil que
va al grano, expone sus tesis fastamente enrevesadas y
después de masticarlas un poco nos las escupe a la cara
en forma de proféticas y patéticas revelaciones que
atentan contra la raíz misma de nuestra sociedad, y
encima se quedan tan tranquilos. Quitándole el
envoltorio de bonito regalo comercial, en el fondo, esta
película contiene un mensaje muy peligroso, que en manos
de algunas personas puede resultar escalofriante. Sólo
con que alguien pronuncie las palabras: "joder, ¿y
por que no iba a ser todo esto verdad?, mira que si nos
han engañado 2000 años", la ignominia habría
triunfado, y eso en una Europa que no sabe a donde va ni
que es, es un hecho, como poco, perturbador.
Negar el origen cristiano del Europa, un embrión que
creció en el seno de la España visigoda, sería
rechazar nuestro ser más profundo, nuestras conductas más
arraigadas y nuestra posición y modo de ver el mundo.
Vivimos en un Occidente que rechaza sus bienes más
preciados, su cultura sin par, y abandona cada vez más
la verdad, entregándose a absurdas teorías, a profetas
esperpénticos y postulados devastadoras. Esta carencia
de valores ha llegado al extremo en algunas de las
reivindicaciones que vivimos últimamente y que denotan
que vamos por el peor de los caminos.
Occidente, Europa, es una luz, una guía para el mundo,
poseedora de un legado, una historia y una modo de vida
del que deberíamos sentirnos orgullosos, ya basta de
ricos aburridos y falsos profetas que solo intentan
apagar la vela de la razón y negar nuestro pasado,
curiosamente siempre el más positivo, que de recordarnos
nuestras calamidades pretéritas, y eso si está bien,
nunca nos hemos olvidado.
Manuel
Castro 5 / 10 |
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